SACARA Y AVALANCHA
La verdad es que nos hacían vibrar; la verdad es que, como en el toreo, la rivalidad entre los protagonistas permite que los espectadores disfrutemos en mayor medida de su esfuerzo. Hubo tiempos en que Joselito y Belmonte peleaban por el cetro del mundo taurino, y nunca en la Historia del toreo se vivieron tiempos mejores: cada uno con su estilo, cada uno con su concepción taúrica, cada uno con su personalidad y aptitud, servían de acicate para la mejora del contrario.
Y lo mismo ha ocurrido, de toda la vida de Dios, en las carreras de caballos; han coincidido maravillosos ejemplares en el tiempo, que han permitido el disfrute de los aficionados que tuvimos la fortuna de convivir con ellos; a bote pronto no me queda otra que recordar duelos como los de El Señor-Barilone (¡Dios mío, dónde quedaron mis tiempos de pantalón corto, calcetines y zapatos de charol!), de Zalduendo y Manola, de Bariloche y Habit, de Toba e Istmo Blanco, de Ciclón y Adelantón y de tantas otras rivalidades que nos hicieron felices… No sería justo decir que solamente hemos disfrutado con estas rivalidades: también nos pusieron los pelos como pieles de pollo, caballos campeones que no tuvieron rival, como El País, Vichisky, Partipral, Teresa.
Pero en el recuerdo de cada aficionado siempre debiera haber espacio para una rivalidad especial; mi caso es claro: yeguas, Rosales/Mendoza, Claudio/Román/ años 79-81… Sácara & Avalancha, Avalancha & Sácara. Dos tremendas yeguas, dos corazones al servicio de la victoria, dos representantes genuinas de yeguas de calidad, clase y corazón… Una con mayor facilidad para la velocidad, otra con enorme resistencia y vigor para poder con la distancia… Eran guapas, guapas, con corazón de campeonas. Quinault y Stellvera, Shesoon y Celestial River (la mamá de Coloso).
La primera vez que se enfrentaron fue en un Valderas de ensueño, donde Avalancha doblegó a la rosalista Sácara; Rivellora fue la agraciada en la selección de Carudel en detrimento de Sácara, que fue montada por Alberto Carrasco… Y se recuerda la selección de Rivellora al haber resultado una de las pocas ocasiones en las que el Rubio equivocó su criterio de elección. Resultó una victoria holgada de Avalancha, más dotada para el rápido ritmo de la milla.
El Beamonte (Oaks) naturalmente resultó para la gran Sacara, esta vez sí, montada por el gran Claudio. Luego llegaron otras enormes carreras de las grandes campeonas: un segundo de Sácara a tres años, en el Gran Premio de Madrid, montada de nuevo por Alberto Carrasco y superando claramente a su hermano materno Coloso, montado por Carudel, que en este caso, había elegido a Coloso por amor a sus colores, para no recargar más peso a la yegua que tenía una buena probabilidad.
Y llegó un cuarto puesto de Avalancha en la Copa de Oro, y la tremenda victoria de Sácara, con Medina, en la siguiente Copa de Oro, ganado por ocho cuerpos de vellón del campo y pegándose uno de los paseos más recordados de la magna carrera donostiarra.
Y se jugaron victorias y tremendas carreras de Avalancha en la distancia corta, con memorables peleas con Lorgot en el Covarrubias, dándolo todo, con el corazón por delante; y llegó el tercer puesto de Sácara en el Memorial del triplete de los Rosales, contando con Paulino para la ocasión…
Y llegó la última carrera de Avalancha, que no sé si coincidió con la última de Sácara, que mi memoria ya me falla desde que entré en la senectud. Y resultó ser en el Ricardo R. Benítez de Lugo. Y resultó ganadora la pupila de A.A. Penna, el tipo argentino de las patillas, por delante de la del entrañable Fulgencio, en memorable carrera, en emocionante final, con enormes diferencias de peso entre estas campeonas y el resto de yeguas que competían por el honor de convertirse en las mejores yeguas de ésta y otras generaciones próximas.
Y luego nos dijeron que Avalancha había ganado sometida a los efectos de algún maléfico producto; y sancionaron al tío de las patillas y ganó Sácara entonces. Y el tío Patillas se marchó a otros lares, y no recuerdo haber vuelto a ver correr a las dos… Y no sé qué pasó con ellas en la yeguada, y no conocí hijas suyas que pudieran perpetuar esos corazones, esas valentías, esos poderes… Y me di cuenta, con el tiempo, de lo fácil que olvidamos a quien nos hicieron felices, de lo poco que hacemos por conocer sus destinos, sus secuencias de vida… Y con el tiempo, cuando nos hacemos mayores, que me cagontó, recuperamos la memoria histórica, y nos vuelven a la cabeza, los galopes de nuestros campeones, y nos vuelve a la cabeza el trotar acompasado de estas dos bellezas, de estas dos formidables campeonas… Y pensamos: ¿dónde se habrán metido?... Y no queremos pensar más, porque posiblemente, la respuesta sea más dura de lo que ellas merecían.
Larga vida a Sácara & Avalancha; larga vida a Avalancha & Sácara.
Publicado por turftito los 10/06/2008 12:37:00 AM 9 comentarios
jueves 9 de octubre de 2008
EL AFICIONADO PRÓDIGO (por LORGOT)
Años llevo yendo al hipódromo… Bueno, la verdad es que hubo una temporada que no iba, porque ir para nada, resultaba tontería: era una época en la que en lugar de ver caballos de carreras de fina lámina y estilizada figura corriendo por una verde pradera, bien diseñada, perfectamente cuidada, podíamos ver a unos cuantos “jabalines” hozando al gusto en un erial irregular con más matorrales que césped, con más ondulaciones que la antigua carretera de Segovia, que la nueva es ejemplo de rectitud y planicie; en lugar de encaladas fachadas y bellas estructuras arquitectónicas, veíamos paredes desconchadas y roedores de diversa estirpe filogenética merodeando en lo que antiguamente era feudo de los grandes, de los Blascos, de los Villapadiernas, de los Beamontes…
Hay que darle las gracias por todo ello a un individuo que, en su prepotente y avariciosa personalidad, planificó esquilmar al hipódromo a su antojo, finiquitando una actividad que se suponía eterna. El sujeto en cuestión se dedicaba a disfrutar con su maquiavélico plan, y para ello se hizo acompañar de lo mejor de cada casa, aderezando sus perniciosas actividades con detalles de “buen gusto” y ostentación en su feudo, en su hipódromo. El personaje disfrutaba durante las noches de crisis en el mismo recinto que regentaba, cantaba rancheras a altas horas de la noche, jarra en mano y con un gigantesco sombrero mejicano, aupado a los frescos mármoles donde descansaban las consumidas copas, mientras sus correveidiles, hacían entre ellos lenguas, ridiculizando su estulticia, riendo en el sentimiento de la ajena vergüenza.
Y cuando reabrieron La Zarzuela, cuando se reactivó un turf nacional que descansaba en las laboriosas actividades de las playas, de Mijas, de Lasarte, cuando apareció un Young Tiger que nos enamoró, se abrió de nuevo ante todos nosotros un horizonte a corto plazo despejado, una vista optimista con el apoyo de quien hasta ese momento había retardado la activación del asunto.
Los antiguos aficionados no deberíamos olvidar esta tragedia; y los que tenían ciertas influencias o los que conocieron aquella penuria y no actuaron, no deberían hacer borrón y cuenta nueva, sino que deberíamos haber aprendido y, conociendo las amenazas, deberíamos trabajar en la mejora, en impedir el abandono, en luchar contra la tragedia, en conseguir que la nave vaya, como decía Fellini… Para eso nació la Asociación de Aficionados, para recoger experiencias, conocimiento y sugerencias y trabajar para que no vuelvan a aparecer eriales en las pistas, ni “jabalines” por caballos, ni tipos extravagantes con ínfulas de reyezuelos preincaicos o postincaicos que canten jodidas rancheras o tibios ballenatos en las barras de las aristocráticas terrazas.
Y los aficionados no hemos respondido, la verdad: se han sucedido inquinas personales, que han separado, más que unido; malentendidos o enfrentamientos que han separado lo que debería ser integración; es imposible batallar individualmente; no sirve para nada; y es difícil batallar en pequeños escuadrones. Lo único realmente valioso es contar con una cierta integración, numerosa y representativa, que actúe en la correcta dirección. Somos pocos y estamos desunidos… ¡menuda perspectiva!. Somos 100 aficionados y hay veces en los que hemos conseguido lo imposible: organizar actuaciones en número de 51, lo que supone que, al menos dos aficionados, estaban en una reunión de… uno sólo… Paradójico… y triste… realmente triste…
Hay gente muy válida: maravillosos pronosticadores y analistas desde la perspectiva matemática, espléndidos artesanos gráficos; inteligentes estudiosos de la genética y de los cruces de sangre; magníficos observadores y analistas de las carreras… Hay gente abierta, gente más introvertida, hay artistas y artesanos; hay lógicos y soñadores; hay intuitivos y razonables, sensibles y fríos… Entre todos podíamos constituir un núcleo común en el que, aparcando las inquinas personales, pudiéramos disfrutar de una buena cena hablando de caballos, pudiéramos abordar actividades que por lo general, todos buscamos…
Y entre todos los aficionados, hay uno que sobresale como un gigante, y que resulta ejemplo de hombría y de afición. Hay un aficionado que es compendio de lo que todos queremos ser: un tipo que es solidario, que es inteligente, racional, generoso; un individuo sabio, con un sentido del humor desproporcionado, amigo de sus amigos, hermano de sus hermanos; un tipo sutil, chispeante, analítico y visceral a partes iguales. Un enamorado de las carreras de caballos… Y tengo la tremenda fortuna de ser amigo de este personaje; tengo la enorme satisfacción de poder compartir con él momentos, confidencias, comentarios, valoraciones. Tengo el tremendo honor de disfrutar de su generosidad, de su paciencia, de su maravilloso talante, de su sentido del humor… Y pienso que si todos fuéramos iguales, si todos trabajáramos en su línea, las cosas irían p.m. (progreso mayúsculo)… Gracias Cludmilor, muchas gracias. Dios te lo pague…
Años llevo yendo al hipódromo… Bueno, la verdad es que hubo una temporada que no iba, porque ir para nada, resultaba tontería: era una época en la que en lugar de ver caballos de carreras de fina lámina y estilizada figura corriendo por una verde pradera, bien diseñada, perfectamente cuidada, podíamos ver a unos cuantos “jabalines” hozando al gusto en un erial irregular con más matorrales que césped, con más ondulaciones que la antigua carretera de Segovia, que la nueva es ejemplo de rectitud y planicie; en lugar de encaladas fachadas y bellas estructuras arquitectónicas, veíamos paredes desconchadas y roedores de diversa estirpe filogenética merodeando en lo que antiguamente era feudo de los grandes, de los Blascos, de los Villapadiernas, de los Beamontes…
Hay que darle las gracias por todo ello a un individuo que, en su prepotente y avariciosa personalidad, planificó esquilmar al hipódromo a su antojo, finiquitando una actividad que se suponía eterna. El sujeto en cuestión se dedicaba a disfrutar con su maquiavélico plan, y para ello se hizo acompañar de lo mejor de cada casa, aderezando sus perniciosas actividades con detalles de “buen gusto” y ostentación en su feudo, en su hipódromo. El personaje disfrutaba durante las noches de crisis en el mismo recinto que regentaba, cantaba rancheras a altas horas de la noche, jarra en mano y con un gigantesco sombrero mejicano, aupado a los frescos mármoles donde descansaban las consumidas copas, mientras sus correveidiles, hacían entre ellos lenguas, ridiculizando su estulticia, riendo en el sentimiento de la ajena vergüenza.
Y cuando reabrieron La Zarzuela, cuando se reactivó un turf nacional que descansaba en las laboriosas actividades de las playas, de Mijas, de Lasarte, cuando apareció un Young Tiger que nos enamoró, se abrió de nuevo ante todos nosotros un horizonte a corto plazo despejado, una vista optimista con el apoyo de quien hasta ese momento había retardado la activación del asunto.
Los antiguos aficionados no deberíamos olvidar esta tragedia; y los que tenían ciertas influencias o los que conocieron aquella penuria y no actuaron, no deberían hacer borrón y cuenta nueva, sino que deberíamos haber aprendido y, conociendo las amenazas, deberíamos trabajar en la mejora, en impedir el abandono, en luchar contra la tragedia, en conseguir que la nave vaya, como decía Fellini… Para eso nació la Asociación de Aficionados, para recoger experiencias, conocimiento y sugerencias y trabajar para que no vuelvan a aparecer eriales en las pistas, ni “jabalines” por caballos, ni tipos extravagantes con ínfulas de reyezuelos preincaicos o postincaicos que canten jodidas rancheras o tibios ballenatos en las barras de las aristocráticas terrazas.
Y los aficionados no hemos respondido, la verdad: se han sucedido inquinas personales, que han separado, más que unido; malentendidos o enfrentamientos que han separado lo que debería ser integración; es imposible batallar individualmente; no sirve para nada; y es difícil batallar en pequeños escuadrones. Lo único realmente valioso es contar con una cierta integración, numerosa y representativa, que actúe en la correcta dirección. Somos pocos y estamos desunidos… ¡menuda perspectiva!. Somos 100 aficionados y hay veces en los que hemos conseguido lo imposible: organizar actuaciones en número de 51, lo que supone que, al menos dos aficionados, estaban en una reunión de… uno sólo… Paradójico… y triste… realmente triste…
Hay gente muy válida: maravillosos pronosticadores y analistas desde la perspectiva matemática, espléndidos artesanos gráficos; inteligentes estudiosos de la genética y de los cruces de sangre; magníficos observadores y analistas de las carreras… Hay gente abierta, gente más introvertida, hay artistas y artesanos; hay lógicos y soñadores; hay intuitivos y razonables, sensibles y fríos… Entre todos podíamos constituir un núcleo común en el que, aparcando las inquinas personales, pudiéramos disfrutar de una buena cena hablando de caballos, pudiéramos abordar actividades que por lo general, todos buscamos…
Y entre todos los aficionados, hay uno que sobresale como un gigante, y que resulta ejemplo de hombría y de afición. Hay un aficionado que es compendio de lo que todos queremos ser: un tipo que es solidario, que es inteligente, racional, generoso; un individuo sabio, con un sentido del humor desproporcionado, amigo de sus amigos, hermano de sus hermanos; un tipo sutil, chispeante, analítico y visceral a partes iguales. Un enamorado de las carreras de caballos… Y tengo la tremenda fortuna de ser amigo de este personaje; tengo la enorme satisfacción de poder compartir con él momentos, confidencias, comentarios, valoraciones. Tengo el tremendo honor de disfrutar de su generosidad, de su paciencia, de su maravilloso talante, de su sentido del humor… Y pienso que si todos fuéramos iguales, si todos trabajáramos en su línea, las cosas irían p.m. (progreso mayúsculo)… Gracias Cludmilor, muchas gracias. Dios te lo pague…
LA EDAD DE LA INOCENCIA
Hay momentos que marcan una vida y que, por lo general, no valoramos en su justa medida cuando estamos en situación. Así, el primer beso en los labios, el que me supo a sopa de fideos y a regalices rojos, el que daba con más miedo que ilusión, por pensar que no sería capaz de hacerlo bien, por pensar que iba a caer en el más estrepitoso de los ridículos, el que no disfruté como luego he disfrutado otros, debería haber marcado un hito en mi historia personal… Y, como puede suponerse, aquel momento no solo no fue considerado como histórico, sino que más bien, mi deseo era que acabara lo antes posible, para conocer la evaluación de Lorenita Hernández, la besada, la afortunada. A más, las primeras veces siempre resultan incompletas. Nunca se alcanza conocimiento preciso de lo que estás viviendo hasta que lo conoces en mayor profundidad; y lo disfrutas a tope, lo aprovechas hasta el tuétano, cuando eres un especialista en la materia, o al menos, cuando tu grado de conocimiento sobre el asunto, supera el umbral mínimo deseado: el umbral que te permite opinar con conocimiento de causa.
Las carreras de caballos, como todo en la vida, requieren ese grado de conocimiento, esa experiencia, esa introducción en los secretos hípicos (que son muchos, porque tratamos de un asunto muy oscurantista, donde no suele convenir proporcionar toda la información real en tiempo y forma), para poder conocer su particularidad, su idiosincrasia… Pero no es menos cierto que hay ciertos matices en todos los órdenes de la vida, que el excesivo conocimiento elimina de nuestra percepción: las primeras veces del hipódromo crearon en mi, una figura ideal del hipódromo y del mundo que rodea a los caballos, que luego han ido desapareciendo en mi valoración de sensaciones: la fragilidad de los jockeys, el colorido de las casacas y las gorras, el olor de los caballos, el retumbar del paso del pelotón en la pista, el sol, que recuerdo más amarillo y brillante de lo que ahora recuerdo…Y sin analizar a los caballos en profundidad, como ahora hago, poder vislumbrar en cada momento, un desliz, una señal hípico-divina, que me animara a hacerme seguidor suyo; no considerar la apuesta como el centro de gravedad de este tinglado, sino como un elemento muy residual y complementario (en esto, gracias a Dios Padre, me sigo conservando medio virgen). Y valorar y seguir unos colores en señal de reconocimiento y agradecimiento (los colores de Rosales), y ser ferviente admirador de quien defendía la probabilidad de los mismos con eficacia, clase y honradez (Román & Carudel), y hacerme vivo apasionado de los verdaderos intérpretes: de los Rascalino, In Oeternum, Fuchs, Tucumán, Tormento, Sácara, Avalancha, Serial, Chamartín, Revirado, El Cid … campeones de generación, segundones, altos, guapos o menos guapos, con orígenes de ficción o humildes camas, alazanes, tordos, castaños o negros, yeguas o caballos… todos los que han dejado parte de sus pieles en honor de este espectáculo…
Pero todo lo que he aprendido (sea poco o menos), lo he hecho experimentando in situ. No entiendo a los aficionados de butaca; entiendo que el que quiera disfrutar de este mundo ha de hacerlo desde dentro, a pie de paddock, viendo el sudor de los caballos, su nerviosismo previo a la carrera, la inquietud de los preparadores, jinetes y propietarios, sintiendo el terreno pesado bajo las botas y las gotas de lluvia bajo chubasqueros azules.Este es el mundo de las carreras: recuerdos que quedan grabados, experiencias y conocimiento, y vivir el momento a pie de los caballos, intentando no olvidar lo vivido, disfrutando de los recuerdos y aplicando lo conocido y poniendo en práctica lo experimentado…
Y lo bueno de todo, es que no existe una norma fija que regule el devenir de las carreras de caballos; es lo primero de lo que hemos de ser conscientes, que “la gloriosa incertidumbre del turf” ya estaba presente en nuestro años mozos, y no nos abandona, y gracias a ello, no hablamos de una aplicación matemática, sino de un conjunto de sensaciones interrelacionadas, de un azar evolutivo y dinámico, de una sorpresa… y esto es lo que me apasiona, la verdad sea dicha.
Hay momentos que marcan una vida y que, por lo general, no valoramos en su justa medida cuando estamos en situación. Así, el primer beso en los labios, el que me supo a sopa de fideos y a regalices rojos, el que daba con más miedo que ilusión, por pensar que no sería capaz de hacerlo bien, por pensar que iba a caer en el más estrepitoso de los ridículos, el que no disfruté como luego he disfrutado otros, debería haber marcado un hito en mi historia personal… Y, como puede suponerse, aquel momento no solo no fue considerado como histórico, sino que más bien, mi deseo era que acabara lo antes posible, para conocer la evaluación de Lorenita Hernández, la besada, la afortunada. A más, las primeras veces siempre resultan incompletas. Nunca se alcanza conocimiento preciso de lo que estás viviendo hasta que lo conoces en mayor profundidad; y lo disfrutas a tope, lo aprovechas hasta el tuétano, cuando eres un especialista en la materia, o al menos, cuando tu grado de conocimiento sobre el asunto, supera el umbral mínimo deseado: el umbral que te permite opinar con conocimiento de causa.
Las carreras de caballos, como todo en la vida, requieren ese grado de conocimiento, esa experiencia, esa introducción en los secretos hípicos (que son muchos, porque tratamos de un asunto muy oscurantista, donde no suele convenir proporcionar toda la información real en tiempo y forma), para poder conocer su particularidad, su idiosincrasia… Pero no es menos cierto que hay ciertos matices en todos los órdenes de la vida, que el excesivo conocimiento elimina de nuestra percepción: las primeras veces del hipódromo crearon en mi, una figura ideal del hipódromo y del mundo que rodea a los caballos, que luego han ido desapareciendo en mi valoración de sensaciones: la fragilidad de los jockeys, el colorido de las casacas y las gorras, el olor de los caballos, el retumbar del paso del pelotón en la pista, el sol, que recuerdo más amarillo y brillante de lo que ahora recuerdo…Y sin analizar a los caballos en profundidad, como ahora hago, poder vislumbrar en cada momento, un desliz, una señal hípico-divina, que me animara a hacerme seguidor suyo; no considerar la apuesta como el centro de gravedad de este tinglado, sino como un elemento muy residual y complementario (en esto, gracias a Dios Padre, me sigo conservando medio virgen). Y valorar y seguir unos colores en señal de reconocimiento y agradecimiento (los colores de Rosales), y ser ferviente admirador de quien defendía la probabilidad de los mismos con eficacia, clase y honradez (Román & Carudel), y hacerme vivo apasionado de los verdaderos intérpretes: de los Rascalino, In Oeternum, Fuchs, Tucumán, Tormento, Sácara, Avalancha, Serial, Chamartín, Revirado, El Cid … campeones de generación, segundones, altos, guapos o menos guapos, con orígenes de ficción o humildes camas, alazanes, tordos, castaños o negros, yeguas o caballos… todos los que han dejado parte de sus pieles en honor de este espectáculo…
Pero todo lo que he aprendido (sea poco o menos), lo he hecho experimentando in situ. No entiendo a los aficionados de butaca; entiendo que el que quiera disfrutar de este mundo ha de hacerlo desde dentro, a pie de paddock, viendo el sudor de los caballos, su nerviosismo previo a la carrera, la inquietud de los preparadores, jinetes y propietarios, sintiendo el terreno pesado bajo las botas y las gotas de lluvia bajo chubasqueros azules.Este es el mundo de las carreras: recuerdos que quedan grabados, experiencias y conocimiento, y vivir el momento a pie de los caballos, intentando no olvidar lo vivido, disfrutando de los recuerdos y aplicando lo conocido y poniendo en práctica lo experimentado…
Y lo bueno de todo, es que no existe una norma fija que regule el devenir de las carreras de caballos; es lo primero de lo que hemos de ser conscientes, que “la gloriosa incertidumbre del turf” ya estaba presente en nuestro años mozos, y no nos abandona, y gracias a ello, no hablamos de una aplicación matemática, sino de un conjunto de sensaciones interrelacionadas, de un azar evolutivo y dinámico, de una sorpresa… y esto es lo que me apasiona, la verdad sea dicha.
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